viernes, 3 de diciembre de 2010

III. El Dios a medida del hombre ateo



¿Quién es entonces el Dios negado u olvidado por el hombre soberbio, necio e impío? Respecto a Yhwh
-el Dios que se reveló a Israel como vivo y elocuente-, el ateo bíblico piensa en una divinidad genérica, que no habla, que no juzga y que por eso no inspira temor.


1. Dios ausente de la historia.
Fundamentalmente, el hombre que se percibe en los textos bíblicos que hablan del rechazo de Dios es un ser emancipado de la tutela y de la presencia de Dios mismo.
No se teoriza sobre la emancipación espiritual que se ha alcanzado, sino que se la vive y se la proclama de forma descarada.
- Respecto al oprimido y el “pobre’, o bien en circunstancias que requerirían actitudes de fe profunda, el ateo lanza su desafío: ¿Dónde está Dios? ¿Qué puede hacer en esta situación? ¡Que muestre lo que es capaz de hacer respecto a los proyectos humanos! Y estas posiciones agudizan la prueba de fe de los que temen a Dios. Véanse Sal l0:4,6,11,13; 42:4,11; 79:10; Miq 7:10; JI 2:17; Mal 2:17.
- Estos interrogantes en torno a la presencia efectiva de Dios dentro de las peripecias de los hombres tienen un significado radicalmente distinto en labios del impío y del soberbio -que ha alejado a Dios de su horizonte- y en labios del que está pasando una época de ¡“desierto” espiritual. En este segundo caso es Dios mismo el que tienta al hombre para purificar su fe -aun dándole la impresión de que se ha alejado de la historia- para hacerse buscar e invocar de hecho, como si estuviera a un paso del que está en la prueba. El impío y el probado por Dios hacen casi las mismas afirmaciones sobre la presencia y la providencia divinas, pero el ánimo del primero lanza un reto, mientras que el segundo vive un drama: éste sabe que Dios está cerca y que puede, mientras que aquél piensa que Dios está lejos y, en todo caso, no le interesa que intervenga. Es significativo el hecho (ya señalado) de que tengan que buscar el perdón divino los amigos de Jb, que habían hablado en defensa -según creían- de Dios yde su justicia (Jb 42:7-9), mientras que Jb es elogiado por su fe, a pesar de haber escandalizado a los amigos con las expresiones de su ánimo sacudido por la prueba-desierto, debido a la aparente ausencia de Dios en su vida (Jb 9-10; Jb 12-14; Jb 16-17; Jb 19; Jb 21, etc. ). También expresan muy bien esta experiencia dramática de prueba de la fe los salmos de los enfermos y oprimidos (SaI 22; Sal 38; Sal 69; Sal 71; Sal 88 etc. ).


2. El ídolo.
El ídolo es una divinidad reducida a las medidas del hombe. La actitud religiosa que lleva a esta relación con lo divino difiere de la del impío o de la del soberbio, que considera a Dios ausente de la historia humana. En nuestro caso, no se aleja uno de Dios, sino que se acerca a él de forma indebida: el hombre no accede creaturalmente a Dios y a su misteriosa presencia y omnipotencia, sino que atrae a sí mismo a la divinidad y la reduce a sus exigencias religiosas.
El tema de la idolatría está presente -como denuncia de un riesgo (1Co 10:14 Un ICo 5:21)- también en el NT. Pero este tema caracteriza sobre todo a la experiencia y al mensaje del AT, y aparece en él según las tres grandes modalidades de la palabra de Dios, que en él está presente y se escucha: como tórah (en el Pentateuco), como “profecía” (en los libros históricos y propiamente profé-ticos) y como “sabiduría” (en los escritos relacionados con este género literario). Aunque limitemos nuestra presentación a unas cuantas indicaciones orientativas, vendrá bien para la claridad del tema distinguir dos puntos fundamentales.


a) Los ídolos de los gentiles.
Cuando habla no tanto de las representaciones sensibles de la divinidad, sino del hecho de la referencia a Dios por parte de los otros pueblos, el AT no niega generalmente la verdad de este hecho. La religiosidad es un hecho humano universal, cuya realidad puede ciertamente sufrir crisis y deformaciones -según se ve cuando se la examina a la luz de la propia experiencia religiosa (tal es el caso de los textos “apologéticos” del Segundo Isaías, de Daniel y de Baruc: Is 40:18-19; Is 44:9-20; Ba 6; Dn 14)-; pero el hombre de la Biblia no la niega como posible y auténtica (puede verse en este sentido, como resumen de toda una tradición anterior, el discurso de Pablo en Atenas: Hch 17:22-31).
Los no judíos no son ateos! Su religiosidad queda empobrecida debido a su referencia a los ídolos (extraños y múltiples) y al recurso a prácticas muy poco respetuosas de lo absoluto de Dios. Pero inconscientemente buscan y dan culto al único Dios verdadero, al que Israel (y el cristianismo) adora, el que de hecho salva a todos; así lo profesan el AT y el NT (Is 40:21-24; Dn 3:28-30; Is 2:2-5; Is 19:16-25; Hch 10:34-35; Rm 2:12-16) en muchas de sus páginas.


b) El ídolo como tentación de Israel.
La enseñanza insistente de los profetas, especialmente de los del segundo período monárquico -desde los tiempos de Elias (mitad del siglo ix) hasta los de Jeremías y Eze-quiel (mitad del siglo y)- afirma la trascendencia y el carácter misterioso del Dios vivo y verdadero, con el que se ha encontrado Israel y a quien ha conocido en las sucesivas revelaciones de sí mismo que él ha hecho.
En conjunto, los guías espirituales de Israel no denuncian como grave y difundido el ateísmo, sino más bien una religiosidad menor y reductiva en la relación con Yhwh. Esta se manifiesta (desde los tiempos más remotos) en el intento de representar concretamente al Dios vivo del Sinaí (cf la prohibición de las imágenes de Dios: Ex 34:17; Ex 20:4; Dt 4:9-20 etc. ). Más tarde crece el riesgo de desviación y de infidelidad en las mismas manifestaciones cultuales suntuosas, pero formalistas y alejadas del compromiso de la vida (Am 4:4-5 Is 1:10-20, Is 29:13-14; SaI 50 etc. ).
En estas intervenciones de los profetas surge continuamente una intuición: de un Yhwh rodeado de este modo de signos de religiosidad -y quizá representado sensiblemente en una estatua (como en Betel)- Israel siente la tentación de hacerse un Dios a su medida y según sus necesidades; un Dios con quien de hecho habla (con expresiones cultuales), pero que ha dejado ya de hablar a su pueblo, ya que éste no espera sus intervenciones; un Dios que ya no está vivo, es decir, que no es imprevisible y sorprendente. Su presencia en la historia queda reducida a los momentos en que Israel lo requiere y según la medida y las modalidades que le asigna.
Una página distinta sobre la tentación idolátrica del pueblo de Dios -en tiempos de los profetas preexílicos sobre todo- es la que se refiere a las sugestiones religiosas por parte de los pueblos cananeos, con los que Israel se encontró (y no destruyó) en tierras de Palestina. Su “baalismo” (un dios de la naturaleza y no de la historia) y sus diversas expresiones menores de religiosidad (la magia, la adivinación, etc.) tentaron a menudo al pueblo de Dios. En el contacto con los pueblos vecinos, sobre todo los fenicios y los egipcios, el pueblo hebreo encuentra nuevas provocaciones a la infidelidad con Yhwh en extraños “sincretismos” religiosos y como alternativas más fáciles y cómodas a su fe (Dt 6:14-19; Dt 13:2-18; Jr 7; Ez 8; etc. ).


c) Conclusión.
El ateísmo del que habla la Biblia resulta bastante más concreto y complejo que el que se limita a negar simplemente la existencia de Dios. Sus diversas expresiones manifiestan una única actitud original probable: el no reconocer a un Dios vivo y presente en la historia, tal como él se reveló. Y en esta tentación se cae siempre que se afirma uno a sí mismo en alternativa frente a Dios (como si uno temiera por sí, al acogerlo a él presente y “providente”). Pero en el riesgo de un Dios disminuido -y por tanto a medida del ídolo- se cae igualmente cuando uno tiene una “confianza” errónea en sí mismo: la que se manifiesta en un culto formalista (véase la predicación profética) o quizá en una “competencia” sobre él, que cierra el camino a sus sorpresas y a su misterio (véase el objetivo de los libros de / Jb y del / Qohélet).


BIBL.. Dion P.E., Dieu universel et peuple élu, Cerf, París 1975; Leeuven C. Van, rasa’, en DTMATM,
1021-1029; Ravasi G., 1/libro dei Sa/mi, Dehoniane, Bolonia 1981,1,261-270 (= Sal 14); 1983,11, 79-86 (=
Sal 53); Saebo M., nabal, en DTMATU, 46-53; Seybold K., tera-phim, en DTMATII, 1324-1328; Staehli
H.P., ga’ah, en DTMATII, 545-549; Stauffer E., átheos, en GLNT IV, 1968, 464-470.
A. Marangon
Fuente: Nuevo Diccionario de Teología RAVASI

3 comentarios:

Albrecht Gundelach dijo...

Ver: http://pachane.blogspot.com/2012/12/el-dios-medida-del-hombre-ateo.html

Albrecht Gundelach dijo...

http://pachane.blogspot.com/2012/12/el-dios-medida-del-hombre-ateo.html

Eduardo Marroquin II dijo...

Gracias por el enlace Albrecht el lector podrá sacar sus conclusiones por el momento no tengo el tiempo para respoonder todas tus objeciones bastará con decir que no has demostrado aun tus presuposiciones lógicas, morales y filosóficas pero trataré esto después, saludos.